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Mi amigo Miguel Ángel

Esa celda inhóspita no es el final de tu vida.

Carlos Alberto Montaner
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Me estremeció ver en la televisión cuando la policía costarricense le colocó las esposas a Miguel Ángel Rodríguez al descender del avión que lo llevó a San José.
 
¿Era necesaria esa humillación a un hombre que voluntariamente regresaba a su país a enfrentarse a los tribunales? En pocos días, Miguel Ángel había pasado de ser una de las figuras más respetadas de Latinoamérica, expresidente de Costa Rica y recién electo Secretario General de la OEA, a ser un perseguido por la justicia, acusado de corrupción. Se le imputaba haber recibido dinero de compañías transnacionales que operaban en el país, y entre ellas la más notable era una firma francesa que ya se había visto vinculada a escándalos parecidos en África y en otras naciones de Latinoamérica.

Todo esto me parecía increíble. Conocía a Miguel Ángel desde hacía muchos años y jamás percibí en él ese interés por las cosas materiales que suele caracterizar a las personas que se dejan tentar por el dinero. Supongo que la idea de tener yates, aviones privados o autos lujosos debía agobiarlo o darle risa. Le interesaban los libros, los debates ideológicos y las batallas políticas. Cuando tres veces lo visité en la casa de gobierno, fue para pedirle ayuda para disidentes en peligro, expresos políticos que necesitaban visas o solidaridad con las víctimas de la represión en Cuba. Siempre atendió mis solicitudes generosa y desinteresadamente, pero lo que más me impresionaba era su genuina preocupación por las personas: sufría con el dolor ajeno, y ese siempre es un rasgo de gente noble.

Un experimento académico. En el verano del 2003 volvimos a coincidir en España. Era un admirado expresidente y ya se le mencionaba como posible sustituto de Gaviria al frente de la OEA. Una universidad madrileña lo había invitado a dar un curso de verano de tres horas al día sobre globalización y gobierno, y me pidió que lo acompañara. Él hablaría dos tercios del tiempo sobre los aspectos técnicos y la experiencia práctica de manejar las relaciones económicas internacionales, mientras en la hora final yo me ocuparía de amenizar las clases con anécdotas políticas de menor calado. El experimento, a juzgar por los comentarios de los estudiantes, salió muy bien, y recuerdo que entonces pensé que Miguel Ángel, por su vocación docente, sería un extraordinario expresidente y un gran embajador extraoficial de Costa Rica, como sucede, por ejemplo, con el mexicano Ernesto Zedillo, hoy en la Universidad de Yale.

Ignoro si Miguel Ángel, en efecto, aceptó comisiones de esas empresas. Ojalá sea incierto o inexacto, pero eso deberán dilucidarlo los jueces costarricenses y fallar en consecuencia. Sé, sin embargo, que no fue a la política a enriquecerse, porque en algunas conversaciones familiares escuché exactamente lo contrario: en el ejercicio de la política había enterrado casi todo el patrimonio familiar que había heredado. Cuando era muy joven y le entró el gusanillo del servicio público tenía muchos más recursos que cuando abandonó la presidencia.

En todo caso, he vivido lo suficiente para saber que alguna gente grande y brillante a veces yerra, peca estúpidamente, se equivoca, e incluso rompe las reglas. Hace unos días, a propósito del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, releía la biografía de Cervantes escrita por Rodríguez Marín, y recordaba que el español más notable de todos los tiempos, el que más gloria le ha traído a su patria, se vio envuelto en un oscuro caso de asesinato, condonó la prostitución de una hermana, y muy probablemente manejó mal ciertos dineros recaudados a nombre de la Corona, turbio asunto que lo llevó a la cárcel de Sevilla.

Balance final digno. No estoy haciendo comparaciones extravagantes, sino subrayando dos observaciones esenciales. La primera es que el juicio legal se circunscribe a hechos y a códigos precisos, pero el juicio humano y el juicio histórico es mucho más complejo y balanceado, y está lleno de sumas y de restas, de aciertos y de pifias, de luz y de sombras. Espero, más allá de lo que digan los tribunales, que ese balance final sea benigno con una persona que fue buena y compasiva cuando tuvo que serlo, y que, con más o menos éxito, entregó toda su vida a la gloria de tratar de mejorar la existencia de sus compatriotas.

La segunda observación, Miguel Ángel, es que esa celda inhóspita en que pasas estos últimos días del año no es tampoco el final de tu vida útil. Te quedan libros por escribir y lecciones que impartir. Todavía tienes mucho que dar y mucho que servir. Dicen que de la cárcel de Sevilla sacó Cervantes los primeros apuntes del Quijote. Ya nadie se acuerda de sus desaciertos o de sus faltas. Lo único que recordamos es ese inagotable chasquido de gracia y talento que comenzó diciendo: "En un lugar de la Mancha...".
 
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